La mente logica y la permanencia de mi realidad

La mente logica y la permanencia de mi realidad

La mente logica y la permanencia de mi realidad

Los iniciadores de la física cuántica ya lo decían:

todo es partícula y onda al mismo tiempo.

Cada vez que decido, desde mi mente lógica —esa que cree saberlo todo—
que algo es así porque ya lo investigué,
porque la ciencia formal lo comprueba,
porque “ya entendí”…

estoy colapsando todas las infinitas posibilidades
que no soy capaz de ver
por mi propia miopía mental.

Es como si la parte más reducida de mí,
esa identidad aprendida que se siente muy lógica y muy racional,
fuera un ratón asomándose por un agujero en la pared.

Desde esa rendija me mira.

Y lo que ve es mi reflejo.

Algo gigantesco.
Fuerte.
Desproporcionado.

Pero como lo observa desde un hueco tan pequeño,
cree que soy lenta.
Torpe.
Descoordinada.

Porque no entiende la escala.
No entiende el tamaño real de lo que está viendo.
Solo ve fragmentos.

Y entonces me juzga.

Ese ratón piensa:
“Si fueras tan grande como aparentas, ya habrías logrado más.”
“Si realmente fueras poderosa, ya habrías conseguido todo.”

Y ahí está el espejo verdadero.

Porque eso mismo hago yo con mi ser más amplio.
Con mi ser universal.
Con esa parte de mí que sabe más de lo que mi mente alcanza.

Yo, desde esta mente reducida,
me veo como alguien que no logra lo suficiente.
Como alguien que debería haber llegado más lejos.
Como alguien torpe frente a su propia grandeza.

Pero lo que en realidad está ocurriendo
es que estoy mirando mi magnitud
desde un agujero demasiado pequeño.

Estoy viviendo esta experiencia acotada
en un cuerpo con características específicas
para jugar este juego,

con fecha de caducidad
y bordes que oprimen mi grandeza.

Leer a Gary Douglas es una cachetada bien puesta a mi realidad.
Me dice:

deja de hacerte la sabia.
deja de hacerte la sabelotodo.

Porque manejar la vida como si fuera un concurso
es el camino equivocado.

Sí.
Manejo la vida como si estuviera tratando de ganarme un auto.

Como si la existencia fuera una lotería
donde tengo que contestar correctamente todas las preguntas
para que al final me entreguen las llaves
de la casa,
del coche,
de la felicidad.

Pero crear realidad no funciona así.

Cada vez que digo “esto ES así”
o “ya lo logré”
o “ya llegué”

cierro la puerta.

Congelo la energía.

Solidifico algo
que estaba diseñado para moverse.

Y luego me quejo de que tengo que empezar desde cero otra vez,
cuando fui yo la que convirtió en piedra
lo que era fluido.

La permanencia rígida no es estabilidad.
Es miedo disfrazado de certeza.

Y quizá crear de verdad
no es acertar la respuesta correcta,
ni ganar el concurso,
ni llegar primero.

Quizá crear
es dejar de afirmar tanto
y empezar a permitir más.

🪄 El acto de magia con el espejo mejor guardado

🪄 El acto de magia con el espejo mejor guardado

🪄 El acto de magia con el espejo mejor guardado

 

 

 .Si considero que mi realidad la estoy creando a cada segundo de mi vida, entonces todo lo que veo en el otro es, en el fondo, algo que yo proyecto desde mi ser.
Muchas filosofías y técnicas de salud alternativas —e incluso la física cuántica— coinciden en algo: no vemos el mundo como es, sino como somos. Vemos lo que conocemos. Lo que vibramos. Lo que ya habita en nosotros.
Y claro… cuando veo algo “malo” en el mundo, y más aún cuando lo veo en mi entorno cercano, aceptar que eso tiene que ver conmigo no es nada fácil. Porque no lo estoy viendo desde la nada, lo estoy viendo desde mis creencias, desde mi postura, desde mi historia.
En mi caso, cada día me conecto más con mi sensibilidad. Y sí, me siento orgullosa de notar cosas que quizá otros no perciben con facilidad.
Peeero —y aquí viene la parte incómoda— esos “defectos de los otros” que noto gracias a mi sensibilidad desarrollada, me hablan de mí. Y ahí no hay excusas.
Mi entrenamiento para percibir las energías de mi alrededor no es para señalar errores ajenos, sino para verme en este enorme espejo que es mi realidad.
Hoy estoy viviendo una gran oportunidad: permitir que mis heridas emocionales profundas se muestren tal como son, reflejadas en personas que me hieren, me abandonan a mi suerte o simplemente no me ven.
Y algo que quiero recordarme —y recordarte— es esto:
si alguien me traiciona, es porque primero me he abandonado yo.
Si alguien me hiere o no me ve, es porque, en algún nivel, eso es lo que estoy haciendo conmigo misma.
Tal vez no lo creo de forma literal… o tal vez sí.
Pero mi vibración —ese sentimiento que lo origina— está atrayendo más de lo mismo que ya existe en mi relación conmigo.
El acto de magia más poderoso que hoy quiero compartir, para ti y para mí, es este:
dejemos de mirar solo al espejo externo y preguntemos qué estamos haciendo con nosotros mismos.
Curar las heridas es como hacen muchos animales: lamiéndolas. Literalmente. Es decir, siendo nosotros quienes damos el cuidado, la atención y la presencia que esa herida merece.
Mi herida de abandono seguirá creciendo mientras yo siga dejándome para el final.
Mi herida de no ser vista seguirá ahí hasta que yo misma me mire, me guste tal como soy y me dé todo el apapacho que tengo disponible.
Y así con cada herida que seas capaz de reconocer.
Este evento —que casi me convierte en la vecina chismosa de mi propia telenovela— comenzó cuando quise representar con imágenes lo que los otros debían hacer. Pero al intentar compartirlo, me enfrenté al espejo: para exigir coherencia afuera, debía comprometerme a vivirla adentro.
Puedo congratularme de algo: logro ser autocrítica.
Eso sí, necesito tener ese espejo a la mano… y un chocolate caliente cerca, para que duela menos y no se me vaya tanta energía resistiéndolo.
La verdad es que llegué hasta aquí después de nombrar mis verdaderos miedos.
Y nombrarlos, aunque duela, también libera.

Anatomia de una caída

Anatomia de una caída

Anatomia de una caída

Dicen que a veces la vida te habla de golpe.
A mí me habló dos veces… con dos caídas.
Ya lo intuía desde hace meses, pero como no siempre escucho mi intuición, me tomó por sorpresa. Es como si hubiera dos partes de mí: una que siente y otra que explica. La que siente grita señales; la que explica las convierte en razones para no profundizar.
La primera caída fue absurda y directa. Un golpe limpio a la cara, como si el cuerpo dijera sin rodeos: “mira”.
La segunda fue todavía más evidente. Salí temprano, respiré profundo, levanté la cabeza y pensé: “qué linda mañana”… y al suelo.
Ahí entendí el mensaje.
No es que me estén engañando.
El mensaje era: mi cuerpo habló por mí. Caí para ver lo que mi mente insistía en negar.
Desde hace tiempo me estoy dejando engañar por mi propia ceguera, por la necesidad de sostener una historia que suena amorosa y espiritual, pero que también me acomoda. Me he contado que toda la responsabilidad de la salud de mi mamá recae en mí, como si fuera una misión sagrada, cuando en realidad también es una forma de callarme, de cargar de más y de no decir lo que duele.
Y cuando la mente no quiere mirar, el cuerpo crea un alto.
No lo escribo como diagnóstico ni como verdad absoluta, sino como símbolo: si la emoción no se escucha, el cuerpo la actúa. No como castigo, sino como mensaje.
A mí ya me llegó mi propio 9/11.
Se me cayeron torres internas: creencias, lealtades, ideas que parecían incuestionables.
Y ahora la pregunta ya no es ¿por qué me pasó?
Sino: ¿qué estaba evitando ver

Ventanas, tiempos y la siguiente jugada

 Bien dicen que cuando se cierra una puerta, conviene estar atenta, porque detrás de ti suele abrirse una ventana… a veces incluso más de una.
Durante mucho tiempo me costó aplicarlo. Yo creía —con absoluta convicción— que cada dolor y cada evento que me desajustara debía ir acompañado de un proceso largo, profundo y casi solemne de sanación. Como si el sufrimiento necesitara extenderse para ser válido.
Últimamente he comenzado a comprender que no es exactamente así. Y no lo digo como una nueva teoría, sino como una conciencia que se va afinando al observar la vida, al aprender de personas que transitan sus procesos de otra manera, y al reconocer qué sí me nutre y qué no.
Claro que lo vivido necesita ser procesado. Negarlo sería huir, y eso siempre termina cobrando factura. Pero en mi caso, los procesos se volvieron tan largos, tan densos, que cuando finalmente levantaba la mirada… la ventana de oportunidad ya se había cerrado.
La vida tiene sus propios tiempos.
Y no siempre coinciden con los míos cuando entro en estados prolongados de duelo.
Hoy me gusta pensar la experiencia humana como una especie de juego simbólico. No en el sentido superficial, sino como una dinámica donde hay movimientos, pausas, aprendizajes y elecciones.
En todo juego hay momentos en los que pierdes una pieza, tropiezas o te ves obligada a replantear tu estrategia. Observas, respiras, entiendes… pero sigues. No te quedas eternamente analizando la jugada que ya pasó.
En la vida ocurre algo muy parecido.
He sido honesta conmigo: muchas veces me quedé fuera del tablero. Me tomé demasiado tiempo dramatizando los tropiezos, convencida de que “hacer bien el duelo” me garantizaría un futuro mejor. Seducida por el deber ser, cerré los ojos a lo que estaba ocurriendo en el presente.
La verdad es que no funcionó.
No fue hasta que empecé a soltar esa rigidez que algo cambió. Aprendí a procesar más rápido, con conciencia, sin negación, pero sin quedarme atrapada. A respetar los tiempos reales —los lógicos, los humanos— sin convertirlos en castigos prolongados.
Y algo curioso sucede cuando haces eso: la vida, por un instante, parece creer que aún estás detenida… y entonces aparecen nuevas oportunidades. Caminos que antes no veías. Ventanas que esta vez sí logras reconocer, porque ya no estás con los ojos cerrados.
Este se ha vuelto un propósito claro para mí:
mantener los ojos bien abiertos.
Comprender las zancadillas no como castigos, sino como ajustes de rumbo. Preguntarme para qué sucede lo que sucede. Recordar que todo, incluso lo incómodo, tiene un sentido de expansión.
Y desde ahí, con presencia y energía consciente,
elegir la siguiente jugada.

Cuando la meta está cerca… pero la esfinge te espera

Cuando la meta está cerca… pero la esfinge te espera

Cuando la meta está cerca… pero la esfinge te espera

Parece un maleficio. Justo cuando la meta está cerca, cuando todo indica que sí, que ahora sí es el momento, algo se atraviesa.

Una amiga y su hija han pasado por un camino complicado. Su meta era clara: obtener un diagnóstico psicológico para su hija, entender cómo apoyarla mejor. Y todo parecía alinearse: las personas correctas aparecieron en el momento justo, lograron conseguir descuentos, citas gratuitas, apoyo extra. No fue fácil, pero todo indicaba que era por ahí.

Hasta el día final.

El último paso. La última cita. Se levantaron más temprano que nunca, se prepararon mejor que nunca. Esta vez no podía haber fallas.

Pero ahí estaba la esfinge.

El primer camión en el que viajaban sufrió un accidente grave. Bloqueo. Retraso. Una hora perdida. Luego, el tráfico. Más obstáculos. Cuando al fin llegaron, no pudieron entrar. Algo estaba pasando adentro. Una persona había entrado en crisis, había violencia, tensión. Nadie podía entrar ni salir.

¿Coincidencia? ¿Mala suerte? No lo creo.

En las grandes sabidurías antiguas —y muy especialmente en la filosofía china, que observa los ciclos, los equilibrios y los tiempos— los bloqueos no se entienden como algo negativo. No son castigos ni errores del camino, sino señales que existen para ser reconocidas y usadas a favor. El obstáculo no detiene: enseña cómo cruzar.

Las esfinges aparecen cuando estás a punto de cruzar un umbral importante en tu vida. Son la prueba final. No son castigos, no son maldiciones. Son la forma en que el universo te pregunta: “¿Eres la persona que tiene que estar aquí? ¿Has hecho el trabajo interno para sostener esto que tanto quieres?”

Mi amiga y su hija pudieron haberse rendido. Pudo haber dicho “No se puede, ya fue demasiado”. Pero no. Respiraron hondo, esperaron, cruzaron el umbral cuando fue posible. Consiguieron el diagnóstico. No como lo habían planeado, pero lo consiguieron.

Sí, hay un último documento pendiente. Un pequeño retraso. Todavía hay algo que ellas tienen que terminar de convertirse antes de que la meta esté completa.

Y así es como funciona. No es solo querer algo. Es ser la persona que puede sostenerlo.

Si el camino se cierra justo cuando estás por llegar, pregúntate:
“¿Qué me falta todavía? ¿En qué me tengo que convertir?”

Porque cuando la meta es real, cuando es para ti, lo único que te detiene eres tú.

Una voz que nos hipnotizó en la sala de espera: su historia como gemela

Una voz que nos hipnotizó en la sala de espera: su historia como gemela

Una voz que nos hipnotizó en la sala de espera: su historia como gemela

Ayer fui al hospital solo para recoger unas medicinas, pero terminé llevándome una historia que me atrapó por completo.

Todo comenzó con una plática cualquiera en la sala de espera. Un grupo de personas hablaba de diferentes cosas cuando, de repente, una voz destacó entre todas. No era por su volumen, sino por la forma en que contaba las cosas. Su tono, su ritmo, la manera en que construía cada frase… era imposible no escucharla.

Así, sin planearlo, nos encontramos todos girando hacia ella.

Hablaba de un embarazo y, luego, de un bordado que una señora estaba haciendo para unos gemelos. Entonces, la conversación tomó un giro inesperado: ella misma era gemela… pero no cualquier gemela.

—Nosotras somos idénticas, pero no solo físicamente. Mi hermana y yo lo descubrimos en un concurso de gemelos, donde nos compararon con muchas más parejas… y aun así, éramos las más parecidas.

Nos contó cómo su cuñado, cuando era novio de su hermana, le tomó la mano más de una vez por error. Cómo sus propios hijos a veces se confundían entre ellas. Pero lo que más la sorprendía no era su parecido, sino su conexión.

Ambas estudiaron carreras científicas, química industrial y química en otra rama. Crecieron en un mundo donde la evidencia lo es todo, donde todo se prueba, se mide y se explica. Y sin embargo, su propia existencia contradice la lógica.

Cuando fueron evaluadas en el concurso, un genetista, un sacerdote y un psicólogo coincidieron en que su vínculo iba más allá de lo común. Cuando les hicieron preguntas por separado, respondieron exactamente igual. Y la clave la descubrieron con una pregunta inesperada:

—¿Dormían juntas de niñas?

—Sí —contestó ella—. Crecimos en la misma hamaca. Nos bañábamos juntas. Respirábamos el mismo aire, compartíamos el mismo espacio.

El psicólogo sonrió.

—Eso lo explica todo.

Esa cercanía moldeó su conexión hasta lo más profundo. Tanto que, cuando una enfermaba, la otra lo sentía. Cuando una tenía un mal presentimiento, la otra lo experimentaba al mismo tiempo. Y aunque su hermano, médico y hombre de ciencia, insistía en que eso era imposible… ellas sabían que sí lo era.

Porque no era cuestión de creencias. Simplemente, pasaba.

Y ahí estaba la paradoja. Dos científicas que no podían explicar su propia conexión sin contradecir la ciencia en la que fueron formadas.

Cuando terminó de hablar, todos en la sala de espera seguíamos ahí, en su historia, como si nos hubiera hipnotizado sin darnos cuenta. No buscaba impresionar. Solo compartía… pero sin querer, nos atrapó a todos.

Ayer fui al hospital por medicina, pero salí con algo más valioso: un recordatorio de que hay misterios que la ciencia aún no puede encerrar en una ecuación