Anatomia de una caída

Anatomia de una caída

Anatomia de una caída

Dicen que a veces la vida te habla de golpe.
A mí me habló dos veces… con dos caídas.
Ya lo intuía desde hace meses, pero como no siempre escucho mi intuición, me tomó por sorpresa. Es como si hubiera dos partes de mí: una que siente y otra que explica. La que siente grita señales; la que explica las convierte en razones para no profundizar.
La primera caída fue absurda y directa. Un golpe limpio a la cara, como si el cuerpo dijera sin rodeos: “mira”.
La segunda fue todavía más evidente. Salí temprano, respiré profundo, levanté la cabeza y pensé: “qué linda mañana”… y al suelo.
Ahí entendí el mensaje.
No es que me estén engañando.
El mensaje era: mi cuerpo habló por mí. Caí para ver lo que mi mente insistía en negar.
Desde hace tiempo me estoy dejando engañar por mi propia ceguera, por la necesidad de sostener una historia que suena amorosa y espiritual, pero que también me acomoda. Me he contado que toda la responsabilidad de la salud de mi mamá recae en mí, como si fuera una misión sagrada, cuando en realidad también es una forma de callarme, de cargar de más y de no decir lo que duele.
Y cuando la mente no quiere mirar, el cuerpo crea un alto.
No lo escribo como diagnóstico ni como verdad absoluta, sino como símbolo: si la emoción no se escucha, el cuerpo la actúa. No como castigo, sino como mensaje.
A mí ya me llegó mi propio 9/11.
Se me cayeron torres internas: creencias, lealtades, ideas que parecían incuestionables.
Y ahora la pregunta ya no es ¿por qué me pasó?
Sino: ¿qué estaba evitando ver